
Según Jesús Martín Barbero, la circulación del saber décadas atrás, se caracterizó por haber estado centralizado territorialmente, controlado a través de determinados dispositivos y ocupado por figuras sociales particulares. Sin embargo, a causa de las revoluciones tecnológicas todo eso se fue modificando causando transformaciones sobre todo en los modos de circular el saber.
Estamos frente a un descentramiento, es decir frente a saberes que ya no se concentran en los libros, que se escapan de esas fronteras para culminar en un nuevo mundo tecnológico que no viene a remplazar el libro, sino a descentrar la cultura de su eje letrado.
Todos esos cambios van afectando al contexto y demuestran que ya no nos encontramos frente a un sujeto cartesiano, sino frente a una persona sensible, que se manifiesta a través de distintiva manera, que se encuentra rodeado de tecnología, con una constante inestabilidad sobre su identidad y frente a una fragmentación de la subjetividad cada vez mayor provocando que ya no exista un modelo central al que seguir o aspirar.
Es decir que la tecnología hoy por hoy, nos atraviesa de punta a punta, tanto espacial como temporalmente y tiene una gran capacidad de transformar la sociedad en muchos sentidos. Es por ello que la transversalidad de los saberes apunta hacia los nuevos sujetos de la educación, rompiendo con aquellos antiguos prejuicios que separaron las artes de las ciencias.
Se debe replantear aquellos saberes que la escuela imagina como culturales y dignos de transmisión y enseñanza. Se debe rescatar aquellos saberes que son indispensables y socialmente útiles aunque no funcionalizables en el sentido mercantilista de competitividad y rentabilidad que fomentan hoy en día los sistemas educativos. Por lo mismo, Barbero, señala tres tipos de saberes:
Por un lado, los saberes lógico-simbólicos que residen en la capacidad de forjar una mentalidad en consonancia con el mundo del conocimiento y con el de las tecnologías informáticas a partir de las destrezas lógicas que ambos requieren. En segundo lugar los saberes históricos, capaces de solicitar la conciencia histórica, es para permitir situarnos y ubicarnos en una escala de tiempo, para que haya horizontes y proyectos de futuro y no de una eterna repetición de lo actual. Y, por último los saberes estéticos, saberes que hacen referencia a las estructuras del sentir, lo que significa valorar como saber todo aquello que el racionalismo del pensamiento moderno relegó al campo de la imaginación y de la creación estética.
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